Tan intenso es el amor de Jesús que nos impulsa, nos lleva dentro de su Corazón y a preocuparse incluso por los detalles más insignificantes de nuestra vida. El Corazón de Cristo nos reveló las riquezas de su bondad, es decir, la caridad de su corazón hacia nosotras. En Jesús se descubre el secreto del corazón, por su Corazón abierto aparece ese gran sacramento de su bondad, las entrañas de misericordia de nuestro Dios. Su Corazón abierto es una invitación a dejarse amar, permitiéndole así transformar nuestra existencia, adherirnos a su persona.
El pueblo hebreo concibe el corazón como "lo interior" del hombre y la mujer en un sentido amplio. Además de los sentimientos el corazón contiene también los proyectos y las decisiones: "Mis servidores cantaran con el corazón lleno de felicidad" (Is. 65, 14). Dios ha dado a los seres humanos, "una fuerza semejante a la suya, haciéndolos a su imagen... Les dio para que percibieran la realidad, una conciencia, una lengua y ojos, oídos y entendimiento" (Eclo. 17,3.6). El corazón es el centro del ser, allí donde el hombre dialoga consigo mismo y asume sus responsabilidades, se abre o se cierra a Dios. "Tal vez dirás en tu corazón... Más no temas, acuérdate de lo que hizo tu Dios..." (Dt. 7,17). El corazón es la fuente misma de la personalidad consciente de todos los seres humanos: inteligente y libre, la de sus elecciones decisivas y de la acción misteriosa de Dios. El corazón es el punto donde el hombre se encuentra con Dios, encuentro que viene a ser plenamente efectivo en el corazón humano del Hijo de Dios: Jesús.
De la fe en Cristo crucificado y resucitado brota una fuente de vida: "El que tenga sed, que venga a mí. Pues el que cree en mí tendrá que beber." (Jn. 7, 38). En esta agua viva se renueva íntimamente el corazón. Jesús en persona viene dentro de los suyos para darles vida: "le abrió el costado con la lanza, y al instante salió sangre y agua" (Jn. 19, 34). Jesús es el corazón nuevo que pone en íntima relación con el Padre y establece la unidad; "...que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo con ellos" (Jn. 17, 26). El P. Salinero, S.J. nos invita a "trabajar mucho por imitar el espíritu del Corazón de Jesús"... es el modo de poner toda la vida en él, de adherirse a él con todas las fuerzas como respuesta de fe.
La fe en Cristo supone la adhesión total del corazón y procura la renovación interior. Por la fe se iluminan los ojos del corazón; por la fe habita Cristo en los corazones: "Que Cristo habite en sus corazones por la fe, que estén arraigados en el amor y en él puedan edificarse" (Ef. 3, 17). En los que se aventuran a la fe en el Corazón de Cristo se derrama su espíritu nuevo y con él, "el amor de Dios es derramado en los corazones." (Rm. 5,5).
Adherirse a Jesús es optar por su amor, es permanecer en su amor. "Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman, a quienes él ha escogido y llamado... destinándolos a ser semejantes a su Hijo" (Rm.8, 28-29). "¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?" (Rm. 8,35). Dios, "nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor" (Ef. 1,4). Cuándo se está decidida a estar con él, es toda la persona la que se entrega al Corazón de Jesús, la mente y el corazón y el cuerpo, todo el ser unificado, quien tiene que responderle.
Para tu reflexión:
¿Por qué fallan las respuestas de los jóvenes al amor que Dios les manifiesta?
¿Qué cosas, acontecimientos, experiencias crees que pueden separarte del amor de Dios?
Toma un tiempo para hablar con Jesús de corazón a corazón. Vive la experiencia de su amor manifestada personalmente a ti.